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9月27日

Cincuenta y tres.

La sonrisa inerte.
 

-         ¿Ydice usted que sonríe?

-         Sí, señor.

-         No es el primero al que le da un ataque de risa histérica ante una situación de tanto estrés.

-         No, señor, no me ha entendido usted bien. No es la típica sonrisa nerviosa que presentan algunos cadáveres. Es más bien una sonrisa serena. Parecía que estuviese, no sé… feliz.

-         ¿Algúna sustancia estupefaciente en la analítica?

-         Ninguna, señor. Ni estupefaciente, ni estimulante, ni alucinógena. Nada. Por no tener, ni siquiera tiene altos los niveles de adrenalina. Estaba totalmente tranquilo.

-         No me joda, Trujillo, nadie sonríe feliz cuando se topa de bruces con una muerte tan violenta a menos que esté drogado, enajenado o ésta le pille de improviso.

-         Puede usted comprobarlo, señor, el cadáver sigue en la mesa de autopsias. Nunca había visto nada igual.

 

(...........)

 

-        Así que una sonrisa plácida… Algo se nos escapa, Trujillo, algo se nos escapa.

 

Sonaba: Lover, I don´t have to love, de Bright Eyes 

9月17日

Cincuenta y dos.

Y los sueños, cine son. 
 

Tarde o temprano se acaba hablando de cine. Y yo no voy a ser la excepción.

Aquel que alguien en su día tuvo a bien calificar como séptimo arte, se ha convertido en la disciplina más cercana a todos los públicos. Porque el que más y el que menos, ve cine. Ya sea en gran pantalla, en sofá con sonido envolvente o, para el que aguante la retahíla de anuncios, en emisión televisiva.

Hay cine para todos los gustos, y gustos para todos los cines; un abanico de posibilidades donde tienen cabida desde los que se emocionan con una insufrible (en mi opinión) Meg Ryan, hasta los que hacen dogma de las enseñanzas Jedis. Negro, de domingo, familiar, animado, independiente, porno, de terror, mudo, de autor, experimental, clásico,…son apellidos que con cierta dificultad ordenan los títulos, pues cada película es única en su especie.

 

Hace tiempo quise entender cual era el secreto de un buen film, el denominador común de todas las películas que alguna vez me habían gustado, entretenido o llamado la atención de alguna forma; el guión – me dije – sin un buen guión no hay éxito posible. Acompañada sin duda de una buena historia y una actuación creíble. Y cual fue mi sorpresa que vi “El diablo sobre ruedas” (Spielberg, 1971), película desprovista de diálogos, de actores y con un argumento tan simplón que hace increíble el hecho de conseguir mantener al espectador expectante durante los 86 minutos que dura la cinta. Se desmontó en el acto y de un plumazo toda la excelsa teoría que tan satisfactoriamente me había creído, dejándome claro que cualquier pauta o tópico carece de validez, y nada es garantía de éxito.

 

Que sobre gustos no hay nada escrito todo el mundo lo sabe, pero no es razón suficiente como para no caer en la tentación de intentar jerarquizar tanta oferta cinematográfica. Con ese fin se han publicado numerosas listas que generan tanta polémica como expectación. Nos encontramos, por ejemplo, el listado de las 100 películas mejores de la historia elaborado por la AFI (American Film Institute), que olvida que el cine no empieza y acaba en América. Más arriesgada y sin fronteras es la que publicó la revista Times, considerando además más títulos contemporáneos. Cabe también destacar “las cincuenta mejores películas del cine independiente” de la revista Empire, que viene a dejar patente la relevancia que está adquiriendo este tipo de cine.

 

No podría yo decir cuales son las mejores películas de mi historia personal, ni tendría la pretensión de tildar ninguna como la mejor de la historia en general, pero una reciente conversación me ha llevado a elaborar una lista de 50 películas (¿Sólo 50? Me dije cuando a escasos 10 minutos de comenzar estaba ya manejando unos 70 títulos) que me han sorprendido gratamente. Ya sea por la originalidad de la propuesta, por el atractivo de sus personajes, por tener un agudo sentido del humor o simplemente por parecerme un peliculón con acento en la “ó”.

 

Me permito transcribirla en orden cronológico aún a sabiendas de que los clásicos me acusarán de no haber incluido los grandes títulos, los cinéfilos de haber abusado de la taquilla, el espectador de palomitas de ser algo rebuscada y los puristas de filmoteca de no haber contado con los grandes directores que revolucionaron la forma de hacer cine. En fin, nunca llueve a gusto de todos.

¿Alguien más se atreve?

 

1.      Rebeca (Alfred Hitchcock. 1940)

2.      El crepúsculo de los dioses (Bily Wilder. 1950)

3.      Doce hombres sin piedad (Sidney Lumet. 1957)

4.      El diablo sobre ruedas (Steven Spielberg. 1971)

5.      La naranja mecánica (Stanley Kubrick. 1971)

6.      El golpe (George Roy Gill. 1973)

7.      ¿Quién puede matar a un niño? (Narciso Ibáñez Serrador. 1973)

8.      Alguien voló sobre el nido del cuco. (Milos Forman. 1975)

9.      La guerra de las galaxias (trilogía) (George Lucas. 1977, 1980, 1983)

10.    El precio del poder (scarface) (Brian de Palma. 1983)

11.    Érase una vez en América (Sergio Leone. 1984)

12.    Amanece, que no es poco. (Jose Luis Cuerda. 1988)

13.    Uno de los nuestros (Martin Scorsese. 1990)

14.    Reservoir dogs (Quentin Tarantino. 1992)

15.    La lista de shindler (Steven Spielberg. 1993)

16.    Pulp Fiction (Quentin Tarantino. 1994)

17.    Casino (Martin Scorsese. 1995)

18.   El odio (La Haine) (Mathieu Kassovitz. 1995)

19.    Familia. (Fernando León de Aranoa. 1996)

20.    La vida es bella (Roberto Benigni. 1997)

21.    Abre los ojos. (Alejandro Amenábar. 1997)

22.    Desmontando a Harry (Woody Allen. 1997)

23.    Full Monty (Meter Cattaneo. 1997)

24.    Martín Hache. (Adolfo Aristarain. 1997)

25.   El gran Lebowsky (Joel Coen. 1998)

26.    Los amantes del círculo polar. (Julio Medem. España. 1998)

27.    La cena de los idiotas (Francis Bever. 1998)

28.    Cómo ser John Malcovich (Spike Jonze. 1999)

29.    Oriente es oriente (Damiel O´Donell. 1999)

30.    American beauty. (Sam Mendes. 1999)

31.    El club de la lucha (David Fincher. 1999)

32.    Amores perros (Alejandro González Iñárritu. 2000)

33.    Bailar en la oscuridad (Lars Von Trier. 2000)

34.    Snatch, cerdos y diamantes. (Guy Ritchie. 2000)

35.    Nueve reinas (Fabian Bielinsky. 2000)

36.    Réquiem por un sueño (Darren Aronofsky. 2000)

37.    Memento (Christopher Nolan. 2000)

38.    El hijo de la novia. (Juan José Campanella. 2000)

39.    La comunidad. (Alex de la Iglesia. 2000)

40.    Amelie (Jean-Pierre Jeunet. 2001)

41.    Hable con ella. (Pedro Almodóvar. 2002)

42.    Ciudad de Dios (Fernando Meirelles & Katia Lundi. 2002)

44.    Big fish (Tim Burtom. 2003)

45.    Las invasiones bárbaras (Denys Arcand. 2003)

46.    Bombón el perro (Carlos Sorín, 2004)

47.    Entre copas (Alexander Payne. 2004)

48.    Mi vida sin mí. (Isabel Coixet. 2003)

49.    El habitante incierto (Gillén Morales, 2005)

50.    El laberinto del fauno. (Guillermo del toro. 2006)

51.    Pequeña Miss Sunshine (Jonathan Dayton y Valerie Faris. 2006)

 

... Y las que me he dejado en el tintero.

... Y las que me quedan por ver.

 

9月9日

Cincuenta y uno.

Desazón.
 
 
 
 
 
 
 
No necesito que me elijas - dijo la amante - ni siquiera que me quieras, sólo lléname
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Sonaba: Sour Times, de Portishead
9月2日

Cincuenta.

Buenos días, septiembre.

 

El despertador sonó esa primera mañana de septiembre a horas que, tras un agosto ingobernable, parecían intempestivas para cualquier cosa que no fuera tomarse una última copa en un agotado garito de playa. El repentino madrugón le dejó ojeras y más atontado que una mala resaca como carta de presentación, lo que le facilitaba bastante hacer suyo eso del “síndrome postvacacional”, concepto de moda en noticiarios y a la orden del día en estas fechas. Un par de bostezos y un ceño fruncido remataban con éxito el semblante de “estoy jodido” que se espera de cualquiera que recupera rutinas tras ausetos.

Estaba aguantando estoicamente la mañana, a base de cafés y contar batallitas de verano que siempre acababan maldiciendo la vuelta al tajo, hasta que en un descuido se sorprendió, alegre, canturreando una estúpida cancioncilla.

Bajó de inmediato la voz, mirando a su alrededor por si acaso le hubiera oído alguien. Pero a quién quería engañar; adoraba septiembre. 

 

 

 

Sonaba:  If I ever feel better, de Phoenix