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ブログ


8月24日

Cuarenta y nueve.

eN coLLagE 
 

 

 
A trozos.
Soy a retales.
Discretos instantes que nazco y muero.
 
Desafiando la irrefutable continuidad del tiempo, vivo inmersa en un collage de momentos.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Sonaba: Mile end, de Pulp
8月16日

Cuarenta y ocho.

Por la gracia de DIOS.
 

 

Roque era un desgraciado de libro; feo ya de nacimiento no se conformó el azar, que, en plena pudorosa adolescencia, le atacó rostro y espalda con una extraña afección cutánea que remató con saña su ya innata fealdad. Y por si fuera poco, un mal golpe en la cabeza de esos que invocan a la mala suerte petrificó su lado izquierdo de la cara, así de la manera más tonta, dejándole una mueca asimétrica permanente en todos sus gestos.  

Aparte de eso, Roque era un compendio de males; padecía de huesos, lo que le llevaba a renquear de la pierna derecha cada vez que el hombre del tiempo anunciaba borrasca, era diabético, acumulaba un total de cincuenta y siete alergias, fotosensible, por lo que no era raro verlo en pleno verano cubierto hasta los ojos, gafas de sol incluidas, asmático, miope, estreñido,…vamos, que cualquiera podría haber pensado que era defectuoso a conciencia, una broma de una divinidad caprichosa.

No era, pues, de extrañar, que Roque odiara a Dios.

Lo odiaba desde la certeza de que se estaba riendo de él. Y era precisamente eso lo que le llevaba a sentarse a diario en el segundo banco de la derecha, junto a la imagen del santo de su onomástica, a escuchar misa de siete en la iglesia de su parroquia, convencido de que la única venganza que podía consumar era la de asistir como un intruso al sagrado sacramento y blasfemar con inquina en sus adentros, mancillando con su sola presencia la sacra intención de los rezos. Y es que, de todas las maldades con las que Dios se había ensañado, la más pérfida de todas era no haber tenido la piedad de hacerle ateo.

 

 
Sonaba: Baile en casa de Charlie, de Mastretta
8月1日

Cuarenta y siete.

... Con la música a otra parte.
 
 

Allá va, vestido de azul.

Allá por el camino se aleja, dejando una ristra de palabras infinitas, de rimbombantes métricas y palpitantes versos.

En sus bolsillos tintinean un puñado de nombres, en el reverso de su nuca una pícara sonrisa, y en su mano una maleta que pareciera una caja de música, donde un sinfín de afectos silban y cantan divertidos a ritmo de chispeante swing, marcando el compás de sus pies que, contagiados de un traqueteo singular, parecieran decir; “De irme, lo haré bailando”.

Y a cada paso que da, se hace más pequeña una espalda tatuada de arañazos que, a modo de muescas, atesora sangrientas batallas y licenciosos pecados, hasta perderse diminuta en ese punto impreciso “hastadondemivistalcanza” del sempiterno camino, embebida por coloridos y soleados horizontes.

Se aleja. Despacio pero firme. Sin convertirse en estatua de sal.

 

 

 

 

Así se marcha un CARTÓGRAFO. 

 

Sonaba: Some of these days, interpretado por Java Five