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4月15日 Setenta y tres.INCONSCIENTES
Se miran a los ojos mientras hablan de nada trascendente; que si en qué trabajas, que si vienes mucho por aquí, que si te gusta el jazz conozco un garito donde todos los jueves hacen jam session,… Aprovechando el volumen de la música se hablan casi al oído.
Te voy a dar un beso, sentencia él otorgándole unos segundos en los que ella se ofrece tácitamente. Los labios se entreabren, el aire se espesa, las bocas se llenan.
La excusa era un paseo, sugerido por él entre beso y beso, la razón era buscar un sitio menos concurrido y más oscuro donde dejar de ser extraños. Él explora con prudencia su ombligo, ella reconduce su mano hacia el interior de su falda.
Llévame a tu casa.
Entrada, salón, pasillo, dormitorio, cama. Besos, gruñidos, jadeos.
Desde el cielo de la boca hasta la punta del pie, ella está llenita de sabrosos manantiales. Y él tiene sed.
Fiebre. Codicia de tenerse. Se tocan. Se huelen. Llenan bocas y oídos de soeces coños y pollas. Mezclan entrañas hasta salpicarse de sexo.
Es preciosa - piensa él mientras acaricia su cuerpo cansado - ojalá me dé su número de teléfono. Suena: La route, de Vive la Fete.
4月5日 Setenta y dos. Spaces unidos contra la censura.
El Censor.
Avalado por una educación sostenida en éticos valores e irrefutable moralidad, nadie tuvo la menor duda de que era la persona adecuada para el puesto. Domingo Soriano – “El Censor”, como se le conocería a partir de entonces – tomó posesión de su puesto una calurosa tarde de mayo ataviado con traje y corbata y portando el maletín que le sirviera para desempeñar el aspecto más técnico de su trabajo, en cuyo interior se encontraban una amplia variedad de tijeras, seguetas y cuchillas. Con total profesionalidad y haciendo uso de la potestad que le había sido concedida, empezó cortando pechos de mujer con el fin de erradicar la lascivia que tan voluptuosas partes provocaban, asumiendo como mal menor la privación a los hijos de ser amamantados. Falos, pubis, vaginas y anos no planteaban conflicto alguno, pues instigaban inequívocamente a la concupiscencia y se sustraían sin excepción. El problema estaba – y ahí es cuando se ponía de manifiesto la equidad y el buen hacer de Domingo – en los casos tendenciosos, como el de esa mujer a la que se vio obligado a seccionar el jirón de piel que iba del nacimiento del pelo al nacimiento de la espalda, de propensa que era ésta a erizar esa porción de cogote. Domingo Soriano regresaba a casa de su primer día de trabajo una templada noche de mayo. Se desnudó y se puso ante el espejo fijando la atención en su excitado miembro. Movió la cabeza en señal de desaprobación, abrió el maletín y se dispuso a hacer horas extras.
Sonaba: Guilt by association, de Louis XIV.
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