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3月30日

Setenta y uno.

Yo, payaso.
 

Sólo un instante para observar en el espejo el surco salado que emborrona mi rostro difuso.

No más. No hoy.

Una vez aplicadas las pinturas de guerra no ha lugar para las lágrimas.

Y ahora, sé buena y sonríe.

Sonaba: Magia, de Iván Ferreiro.
Escúchala.
 
3月24日

Setenta.

Alada

Se fue al traste la teoría de su madre – que se malempeñaba en asegurar que Lucía era de omoplatos prominentes – cuando aquellas simétricas protuberancias de su espalda rompieron en un amasijo de plumas que, si bien en un principio despeluzaban sin orden ni concierto, fueron cogiendo con el paso de los días consistencia de raquíticas alas.

Sobrepuesta Lucía del mastodóntico asombro de verse, no solo plumada, sino también desplumando – pues sus nuevas extremidades mudaban a un ritmo innecesario – se puso de inmediato a adiestrarse en la tarea de emprender altos vuelos, empeñada en el titánico esfuerzo de sostener con su torpe aleteo los kilos que por naturaleza y talla le correspondían y alguno que otro más merecido en golosas prácticas. Culetazo, cardenal y chichón tardó en pasar Lucía de Ave Fénix a Gallina Caponata, en menos que canta un gallo y habiendo levantado apenas la mitad de media docena de palmos del suelo.

 

 
 
Sonaba: Mercy, de Duffy.
 
3月16日

Sesenta y nueve.

69

¿Si se amaban? No lo creo. Más bien había entre los dos algo más parecido al odio. Lo decían las miradas desquiciadas. Poco les importó que yo estuviera en aquel desvencijado cuartucho, testigo. Se enfrentaron como dos bestias, con los cogotes erizados. Pelearon. Rasgaron vestiduras queriendo hacerse daño, vulnerando a arañazos y mordiscos la tierna desnudez. Sangraron y salaron las heridas con sudor y saliva. Caníbales se buscaron los sexos, ciegos, hocicándose. Sorbieron en exagerados esfuerzos guturales conteniendo las sacudidas cada uno del otro. Se vaciaron despiadados. Hasta quedar secos. Inertes. Vencidos. Inmóviles. Debieron morir ahogados.

 

 

Sonaba: Cryhtorchid, de Marilyn Manson.

 

3月9日

Sesenta y ocho.

Ausencia
 

Primero se fue su olor, tan volátil que apenas permaneció el tiempo suficiente para emborrachar las primeras noches en vela. Poco más tardó en perder su rastro animado, que se alimentaba de hallar algún pelo en la almohada o un par de latas de cerveza en el frigorífico. Ya sólo quedaban las cosas – miles de cosas – que sin él volvían a ser solo eso; cosas. Qué más le daba a ella encontrarse una maquinilla de afeitar si no la encontraba mojada y oliendo a after-shave. ¿Y la ropa? ésa perdió cualquier vestigio conforme fue pasando del cesto de la ropa sucia a engrosar primorosa el armario, doblada y perfumada con Vernel, que si suya fue vete a saber cuándo, y lo mismo para vestir putas que santos.

Claro que también estaban las fotos, pero ésas eran estáticas. No como encontrar el bote del champú abierto y derramado y tener la sensación de que en cualquier momento aparecería tras la cortina de la ducha para esquivar con un par de muerdos sus regaños. Las fotos sólo lo inmortalizaban. Y ella lo buscaba mortal, aunque no muerto.

De él, lo que se dice de él, sólo esa espantosa urna fúnebre que adornaba la cómoda – o mejor dicho, lo que ésta contenía – y su voz algo impostada en el contestador. No estoy – decía – deja tu mensaje después de la señal.

Y era verdad; no estaba.

 
 
Sonaba: Blanco sobre blanco, de Maga.