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2月18日 Sesenta y siete.ESCATOLOGÍA MODERNA.
Reconozcámoslo; nos encanta hablar de mierda. No hablo esta vez de forma metafórica. Lo digo literalmente: de mierda. Adoramos lo escatológico y nos recreamos en cualquier anécdota excrementicia. Raro es que no funcione en el cine el recurso de irse de bajo vientre para que las risas sean instantáneas en la sala. O si no, fíjense la próxima vez en cualquiera de estas comedias americanas de domingo; basta un par de ventosidades sonoras, una cara compungida y espasmos que ilustren los retortijones y ¡voile!, la carcajada. En lo que a inmundicias se refiere nos volvemos infantiles. Caca, culo, pedo, pis. Pierdo la cuenta de las veces que he contado la anécdota (real) de aquel albañil que tuvo un apretón en mitad de una obra y fue a obrar con tan mal tino que cayó el regalo en la parte superior de su mono de trabajo sin que éste se percatara, lo que, ya se imaginaran, tuvo un fatal desenlace a la hora de volver a vestirse. Grotesco. Y adoramos lo grotesco, por muchos mohines de asco que hagamos. Viene esto a cuento de que este fin de semana ha llegado a mis manos la doble obra “Gracias y desgracias del ojo del culo, por Don Francisco de Quevedo, y Defensa del pedo, por Don Manuel Martí”. Y me he divertido comprobando que ya en el siglo XV hasta el ilustrísimo Quevedo, aquel cuya pluma engendró hábiles versos, se divertía con chascarrillos de letrina. Eso sí, ya quisieran muchos tener la pericia y el ingenio de estos dos señores para hablar del ojete. Y dicho esto, les dejo que disfruten de este bello estampado floral, que como ustedes comprenderán, no voy a poner una foto de una mierda.
Sonaba: Top drawer, de Man Man.
2月6日 Sesenta y seis.La consulta.
Al principio eran sólo palabras. Lo normal, dirá usted. Pero no. Entiéndame, no es que yo quiera decir con esto que no sea normal articular palabra, no me tome por uno de esos chalados a los que hay que seguir la corriente. Yo es que las vomitaba. Las palabras, digo. Sé que es difícil de creer, pero venían a mi boca directamente del estómago. Así sin pasar por mi consciencia. No ocurría siempre, pero cuando pasaba yo me sentía mi propio oyente. Y no me desagradaba, vaya usted a pensar, que la mayoría de las veces quienquieraquehablara desde mi estómago tenía mejores cosas que decir que yo. No me crea vanidoso - ya le he dicho que el que hablaba no era realmente yo - pero era interesante escucharme.
Más tarde apareció el segundo síntoma, estando con aquella morena que me tenía loco. No voy a entrar en detalle, compréndame, soy un caballero, así que sólo diré que nos besábamos. Y no sé ni cómo ni de qué manera, se me empezó a llenar la boca de flores. Imagínese, flores. Hágase cargo del susto que se llevó la pobre. Encontrarse así de repente, en pleno arrebato, masticando pétalos. Podría decir que mi patología la espantó, pero para ser justos también tendría que confesar que fue ésta misma la que la trajo a mí, vomitando versos. Así que fifty-fifty. Lo comido por lo servido.
A partir de ese momento, aunque no siempre, empecé a vomitar otras cosas. ¿Me reía? Cerezas. ¿Silvaba? Serpentinas. ¿Suspiraba? Lo mismo un pañuelo blanco que un rosario, con todas sus cuentas. Pero el otro día, en uno de estos enfados que cualquiera se agarra el día que se le cruzan los cables, vomité una víbora. Y ahí sí me asusté, doctor. Me asusté de verdad. Una cosa es llenar la casa de flores y fruta, que tiene un pase, y otra muy distinta ir sembrando el jardín de bichos venenosos. Y por eso vengo. Aunque de sobra sé que lo que ahora garabatea en su cuaderno es cualquier sintomatología que pretende concluir en que estoy loco. Aunque sepa también que, en el caso remoto, remotísimo, de que creyera a pies juntillas lo que le digo, no tendría ni pajolera idea de lo que me pasa. Pero tengo miedo, y por eso vengo. ¿Lo entiende?
Sonaba: Duplexes of the dead, de The Fiery Furnaces.
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